La meditación y la muerte
Juan Manzanera
No
podemos tener ninguna seguridad de lo que nos aguarda después de este
momento, ni podemos afirmar con absoluta certeza que se cumplirán nuestros
propósitos y aspiraciones futuras; pero hay una cosa absolutamente segura
y cierta: nos espera morir. Nadie puede eludir la muerte. Pero no sólo
eso sino además nadie sabe cuándo sucederá su muerte. Hay quienes mueren
ancianos, pero muchos mueren jóvenes; algunos sin siquiera haber podido
realizar algún proyecto vital. A pesar de tener la sensación de que nos
quedan todavía muchos años de vida, no hay razones de peso para afirmar
que vaya a ser así; la sensación de permanencia parece mas bien una defensa
psicológica; la realidad es que en cualquier momento puede suceder lo
que más tememos.
Reflexionar
de esta manera sobre la muerte nos lleva a indagar quiénes somos, qué
somos, adónde vamos, etc. Luego, cuando la reflexión se convierte en meditación,
contemplar la muerte nos abre las puertas de la trascendencia.
El
camino espiritual es descubrir lo que hay en nosotros que no muere. Cuando
alguien medita sobre sí mismo percibe que todo cambia. El cuerpo, los
pensamientos, los estados emocionales... todo esto termina, muere, de
modo que uno se pregunta ¿Quién soy, entonces? Al seguir con la indagación
se hace un silencio, un vacío sin respuesta, y emerge un profundo saber,
sin palabras. Ya no hay nada que decir, nada que explicar, todo queda
claro y la naturaleza profunda emerge natural y espontánea.
Pero
para hacer este proceso no basta con saberlo. Es fácil decir que el cuerpo
va a morir; sin embargo, sólo eso no basta para el proceso espiritual.
Para que sea una auténtica sabiduría es imprescindible contemplar el cuerpo,
sentirlo con la calidad de atención que proporciona la meditación y a
partir de ahí, percibir y notar la naturaleza efímera y temporal del cuerpo.
Es preciso tener la experiencia directa de que el cuerpo momento a momento
está cambiando y acercándose a la muerte. Entonces, vemos que no somos
el cuerpo, que nuestra realidad más profunda es otra.
Además
es preciso observar las sensaciones. Percibir y experimentar que todo
lo que sentimos termina desvaneciéndose. No podemos retener ninguna sensación
ni podemos evitar que se evapore, la sensaciones cambian, se transforman,
regresan y vuelven a desaparecer. No hay nada consistente en ellas. Son
provocadas por estímulos externos o internos y sin depender de ellos no
se presentan. Por consiguiente, las sensaciones no forman parte esencial
de nuestro ser, no son lo que somos. Como antes, el conocimiento de esto
es insuficiente, es preciso meditar para tener la vivencia inmediata de
ello.
Cuando
observamos la mente sucede lo mismo. Las ideas e imágenes aparecen y seguidamente
se desvanecen sin ninguna consistencia, los pensamientos cambian constantemente,
las emociones surgen, se mantienen un momento y se disipan. Todos los
contenidos mentales son momentáneos. Cuando meditamos contemplando las
distracciones mismas, sin interferir, descubrimos que desaparecen, cambian,
se transforman. No hay nada sólido, duradero y estable en la mente. De
modo que tampoco podemos encontrar nuestra realidad más auténtica en la
mente.
Continuar indagando a partir de aquí implica el verdadero encuentro con
la muerte. No es difícil haber meditado en el cuerpo, las sensaciones
y la mente, pero es ahora cuando empieza el verdadero reto. El meditador
que está buscándose, comienza a contemplar el fundamento de la mente,
la fuente de los pensamientos, emociones y demás. Dirige la meditación
a lo que subyace en cada movimiento mental, pone atención en aquello que
da pie a sus estados emocionales y sentimientos, tratando de encontrar
algo ahí. Sin embargo, en su contemplación se encuentra con un vacío,
un espacio sin dimensiones, una mera ausencia de lo esperado. La vivencia
suele ser desconcertante y el meditador se encoge y vuelve atrás adonde
tiene referencias. Surge el deseo de tener dónde apoyarse, de ser alguien
real.
Este
miedo y deseo ante la visión de la realidad es el mismo que se da en la
experiencia de la muerte. Y esta es una de las razones por la cual podemos
pensar en una continuidad más allá de esta vida. Cuando sucede la muerte,
nos produce tal ansia ver que vamos perderlo todo que la mente no puede
soportarlo y busca desesperadamente la solidez. Esto es, cuando estamos
muriendo surgen el intenso deseo de mantener la sensación de ser alguien,
pero sufrimos la inevitable pérdida del organismo. Ante esto aparece el
anhelo por volver a encontrar algo en que sostenerse y esto provoca una
búsqueda precipitada y la consiguiente inmersión en otro nuevo cuerpo.
Según esto, durante la muerte se manifiestan tres estados en la mente,
el deseo, el aferrarse y el devenir. El primero, supone la angustia por
evitar lo inevitable: el declive del cuerpo y la imposibilidad de seguir
habitándolo. Luego, viene el aferrarse que supone el ánimo desesperado
por encontrar referencias donde definirse de nuevo, esto es, la añoranza
y búsqueda del cuerpo. Con el devenir se produce la carrera descontrolada
por solidificarse y encarnarse de nuevo.
Lo
mismo sucede cuando dirigimos la meditación más allá de lo mental y nos
acercamos al origen de la sensación de identidad. En ese momento, en que
el yo, el ego, el ser - incluso lo que algunos denominan el testigo -
quedan atrás, se vive una desnudez difícil de soportar. Los ropajes más
sutiles han caído y nada nos oculta nuestra naturaleza. Es sobrecogedor
y paralizante. Y como un presagio de lo que sucederá durante la muerte,
uno quiere regresar y volver a la ignorancia. A menudo el meditador principiante,
entonces se resiste a soltar, se hace denso y se mueve de la meditación,
vive aturdimiento, miedo, pérdida de referencias y de sentido.
Pese
a todo, esta es una experiencia que muchos alumnos de meditación han conocido.
Cuando en la Escuela trabajamos en situaciones de retiro espiritual a
menudo topamos con esta sutil trampa del proceso espiritual, la apariencia
del vacío y la sensación de que uno va a dejar de ser. Con frecuencia
tras la vivencia casi sin poderlo evitar aparece la irresistible necesidad
de volver a la fantasía de identidad para escapar del abismo de lo real.
Si
no vencemos este miedo, si no enfrentamos en la meditación esta naturaleza
desnuda, cuando llegue la muerte no podremos evitar reaccionar con deseo
y aferramiento. De este modo, surgirán de nuevo las frustraciones, la
insatisfacción, la ansiedad, la incertidumbre, el miedo..., es decir,
la vida con todos sus condicionantes.
De modo que hay un punto en el que convergen la meditación y la experiencia
final de la muerte. Cuando morimos las energías que soportan la vida se
absorben en el interior del cuerpo. Así, primero, lo que sostiene la solidez
y pesadez se absorbe dentro; a continuación, lo que sostiene la humedad
y frescura se absorbe; luego, lo que mantiene la temperatura y el calor
se debilita y se absorbe; finalmente, lo que facilita la movilidad se
absorbe y el cuerpo queda inerte. A partir de entonces los aspectos burdos
de la mente se desvanecen, los conceptos y emociones se apagan; luego,
los aspectos sutiles de la mente se activan y se disipan, y por último,
la mente más sutil inefable y vacía emerge.
Lo
mismo sucede al practicar algunos tipos de meditación, (pues no todas
las formas de meditar sirven a este proceso). Cuando con el método apropiado
entramos en una profunda contemplación se producen las absorciones de
los elementos y el emerger de la mente más profunda y sutil. Entonces
si somos capaces de vivir el estado fundamental con plena conciencia,
sin las reacciones de escape y deseo, nacemos a la verdadera plenitud
espiritual. De hecho, éste es uno de los objetivos fundamentales de la
práctica de meditación y la manera de terminar definitivamente con todos
los estados de infelicidad y sus limitaciones. Así, provocar este despertar
y meditar en ello es el modo de trascender la muerte.